13 de diciembre de 2017

ADVIENTO: VOLVER A LO ESENCIAL CON MARÍA

"Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 1-11)

Vivimos en un mundo que cambia con una rapidez increíble: los cristianos no podemos permitirnos el lujo de vivir «distraídos», de dejarnos «distraer», de dejarnos llevar aquí y allá en vez de estar centrados en lo esencial, en una vida interior continuamente custodiada, renovada y fortalecida. La Iglesia, un año más, nos está regalando un tiempo precioso para «tomar el pulso» a nuestra vida de fe y a la esperanza que hay en nosotros: el Adviento. Durante este tiempo, si así lo queremos, la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de la Virgen María, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor, el único que salva y consuela realmente.

Sí, queremos estar despiertos, con las manos, los ojos y el corazón bien abiertos, como aquél que permanece vigilando, ¡como el más sagaz de los centinelas!, preparados para salir al encuentro del Señor apenas sintamos sus primeros pasos. La Iglesia necesita centinelas, hombres y mujeres que jamás dejen de esperar y de velar en su corazón. Para ello es necesario, como hacía san Francisco, ¡uno de los mejores centinelas que ha tenido la Iglesia!, que aprendamos a dar gratuitamente un poco más de tiempo al Señor en nuestra vida; que creemos amplios espacios de silencio y escucha para custodiar su Palabra a fin de que ésta sea nuestra lámpara y para adorarle en su presencia eucarística; y que renovemos nuestra fe, es decir, la decisión firme de confiar nuestra propia vida a Aquel que es el único que puede darle plenitud en el tiempo y abrirla a una esperanza que lo transciende.

Vivamos este tiempo de espera junto a la Virgen María, nuestra Señora del Adviento. Pongamos nuestra mano en la suya y caminemos con alegría. Dejémonos guiar por Ella, para que reavive en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado en el mundo entero, de que venga su reino de justicia y de paz, y de que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. 

¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

12 de diciembre de 2017

NO EXISTIMOS POR CASUALIDAD

"Eres tú quien me formó, quien me tejió en el seno de mi madre" Sal. 139

Al comienzo de todo, en el origen de mi vida, no se encuentra el “azar” o la “casualidad”. O, lo que es lo mismo, el universo entero y mi vida en particular no son el producto de un destino ciego. Una de las experiencias más bonitas de la vida es sentir que somos muy importantes para alguien, es decir, que una persona nos diga y nos demuestre con hechos concretos: “Es bueno que tú existas”. Pues bien, hay “Alguien” que desde siempre nos dice: “Es bueno que tú existas”. 

¡Sí!, en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor. Cada uno de nosotros es el fruto del querer de Dios. Por esto mismo, la vocación no es una ilusión... Esta es la certeza que proviene de la fe: ¡Soy amado, tal y como soy! Desde siempre. Para siempre. No deberíamos permitir que limiten nuestra mente teorías que no logran explicar el sentido último de lo que somos, del misterio que hay en nosotros. Abre bien los ojos: En la belleza del mundo y de la vida, en su misterio, en su grandeza, en su orden y racionalidad, podemos descubrir un proyecto de amor que sólo puede nacer del corazón de Dios y no de la casualidad… ¿Eres consciente de lo que significa entender así tu vida y la vida de los demás? Santa Clara lo entendió muy bien... Por eso, al final de su vida pudo exclamar: "Bendito seas, Señor, porque me creaste".

ORACIÓN 


Me pensaste desde siempre, Señor,
y me creaste por amor.
¡Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias!
Me cuidas como un padre,
no camino solo en la vida.
¡Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias!
Tú acompañas cada uno de mis pasos,
tantas veces vacilantes, y no permites que me pierda.
¡Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias!
Me descubres el sentido de mi vida,
poco a poco, sin avasallar.
¡Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias!

Marana tha. ¡Ven, Señor!

11 de diciembre de 2017

ADVIENTO CON S. FRANCISCO: HAGAMOS HABITACIÓN...

El Adviento nos invita a preparar nuestro corazón (habitación interior lo llamaba también san Francisco) a la venida del Señor, despertando en nosotros el deseo de un encuentro con Aquel que sólo espera ser reconocido, deseado y acogido. Es un tiempo único, que no podemos dejar pasar sin más, para caer en la cuenta de que Alguien nos ama desde siempre y nos acoge tal como somos, sin condiciones ni chantajes; de que Alguien nos busca, aunque no le busquemos, y quiere entrar donde ya habita. No tengamos miedo del silencio ni de la soledad, busquemos cada día un rato para entrar dentro de nosotros mismos, donde Él nos espera: “Mira que estoy a la puerta y llamo”. 

El camino del Adviento es un “viaje interior”. Se trata de descubrirnos en Él, de reconocer que nos espera en nosotros mismos. Se trata de abrir el interior a su presencia escondida para que habite en todo nuestro ser y hacer. De esta manera podremos ver con su mirada, sentir con su mismo corazón, actuar con su mismo Espíritu. Hemos de llegar hasta ese lugar íntimo donde, abiertas las puertas, se descubre que él ya vino a nosotros y nos espera en nosotros mismos.

Esta es la invitación que nos hace san Francisco para el Adviento: 
«Ruego a todos los hermanos que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre todas las cosas; y hagámosle siempre allí habitación y morada a aquél que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad y orad en todo momento» (Regla no bulada, 22).
¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!