17 de enero de 2018

¿POR QUÉ EL MIEDO Y NO MÁS BIEN LA CONFIANZA?


¡Oh alto y glorioso Dios!, 
ilumina las tinieblas de mi corazón. 
y dame fe recta, 
esperanza cierta y caridad perfecta, 
sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

San Francisco recitaba esta oración durante ese tiempo largo de búsqueda del querer de Dios para su vida, cuando frecuentaba la iglesita de san Damián y se sintió llamado por su nombre. Fue allí donde aconteció aquel encuentro que cambió definitivamente el rumbo de su vida: Cristo, clavado en la cruz y, a la vez, con los ojos bien abiertos, le habló y le confió una misión

La vocación inicia porque hemos sido llamados por Él. No es algo que uno se inventa o decide por su cuenta; no es tampoco el proyecto que uno tiene sobre sí mismo. Es una llamada que se escucha, entre dudas e incertidumbres, y que poco a poco va abriendo un horizonte nuevo en nuestra vida, muchas veces no buscado ni deseado. Y, además, sin merecerlo. Es más: sabiendo que somos limitados, que no somos los mejores… El Señor espera que libremente acojamos su invitación (¡Sígueme!) y nos decidamos a dar el paso; que tengamos la valentía de empezar a caminar con Él; que no apaguemos el deseo de dejarlo todo para seguir sus huellas y servir con humildad a los hermanos. Pero a veces el miedo y las dudas (tinieblas del corazón, las llamó san Francisco) intentan sofocar esta llamada. Por eso san Francisco, con esta sencilla oración, pide luz; pide más confianza y abandono frente a las dudas; pide más esperanza frente al miedo y la inseguridad ante lo desconocido; pide un amor más grande para no conformarse con “amores” pequeños o estrechos. 

¿Tienes miedo de escuchar la voz del Señor, porque temes perder el control de tu vida? ¿Te cuesta fiarte de Dios, es decir, dejar que Él tenga la iniciativa, que Él lleve tu camino permitiendo que te conduzca donde Él quiera? ¿Temas que Él te pida cosas imposibles, que te saque de tus esquemas y seguridades? Quizás por eso, ante su llamada, prefieres inventar excusas, negociar con Él, intentando convencerte a ti mismo (y en el fondo también a Él) de que es mejor dejar las cosas como están... Pide luz. Pide más confianza, más esperanza, más amor.

¡Sígueme!
Marcos 10, 30

25 de diciembre de 2017

EL GRAN REY QUE NACE POBRE Y HUMILDE

"El Hijo de Dios se hizo para nosotros camino" (santa Clara)


Greccio, Navidad de 1223: san Francisco prepara todo lo necesario para la celebración, lo más dignamente posible, de la eucaristía. Con la ayuda de un tal Juan, pide que coloquen un poco de paja en un pesebre y que traigan un buey y una mula, para que sea visible “con los ojos del cuerpo”, el modo en el cual el Niño Jesús nació en Belén, en medio de la más absoluta indigencia e precariedad. Como él mismo dirá en uno de sus escritos: “Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros fuera de casa -en el original, “in via”- y fue puesto en un pesebre, porque no tenía lugar en la posada”. Nos dicen los biógrafos que el pueblo acudió numeroso, llevando velas y cirios para iluminar la gruta. Después de haber meditado, ayudados por la escena profundamente realista preparada por Francisco, acerca de la grandeza del misterio del Dios hecho hombre por nosotros, sobre el pesebre es colocado un pequeño altar sobre el cual se celebra la eucaristía. Francisco, diácono, canta el Evangelio con grandísima emoción y predica al pueblo con gran fervor, acerca del gran Rey que nace pobre y humilde.

San Francisco, por lo tanto, no quiso representar un “Belén viviente” como lo entendemos hoy: faltaban María, José y el resto de personajes. Lo que allí ocurrió, y que Francisco quiso contemplar en el modo más real posible, fue algo mucho más profundo: se celebró el sacrificio eucarístico, “recreando” las condiciones que favorecieran un encuentro real con el Misterio de la encarnación del Señor

Para Francisco la eucaristía y la encarnación revelan, sobre todo, una opción de fondo: la del Hijo de Dios que se ha hecho pobre y pequeño para “enriquecernos con su pobreza” y hacerse así hermano nuestro. En aquella Navidad, Francisco, “el hombre totalmente evangélico”, quiso volver a proponer el ejemplo de Cristo pobre y humilde, invitando a todos a seguir sus huellas. En esta Navidad acerquémonos también nosotros al gran Misterio que celebramos con los ojos y el corazón del santo de Asís.

¡Feliz y santa Navidad!